Según datos
del Servicio Público de Empleo en Avilés (noviembre del 2015) hay una población
demandante de 10.811 personas. De ese número, los mayores de 45 años representa
3.456 (un 46%) de los cuales 1.553 son hombres y 1.903 mujeres. Desde el
Ayuntamiento se hace hincapié en el esfuerzo por facilitar la creación de empleo
en este nuevo mandato mediante las ofertas de Empleo Público, que Ganemos
considera poco menos que inútiles y la UGT aclara que son similares a las
realizadas en años anteriores y que cada vez se minoran. La crisis económica mundial, los ajustes en las grades multinacionales (y en la comarca tenemos una importante representación), la amenaza de deslocaciones empresariales, son una constante amenaza para el empleo local.
El problema
del paro, la principal preocupación para los españoles, se acrecienta día a
día. Y no solo es un problema aquí o en los países en crisis. Es un problema
global. Hasta ahora los Gobiernos lo tenían en cuenta solo en la
medida en que podía afectar a su caudal de votos. Ahora parece que se han dado
cuenta global del problema. Por de pronto, Francia acaba de declararse en
emergencia nacional por este problema y su principal acción política será
combatirlo. El Foro Davos, que se está celebrando estos días, ha advertido que
en el próximo lustro se perderán 7 millones de puestos de trabajo. La
Organización Internacional de Trabajo (OIT) ha dado a conocer cifras pavorosas:
en el pasado año 2015 el número de parados en el mundo era de 197,1 millones,
para este año ascenderá a 199,4 millones y para el 2019 alcanzará los 212 millones.
¿Y a qué se
debe esto? Podemos decir en una primera aproximación a que los políticos no han
tenido en cuenta a la economía, a lo que esta representaba y a cómo iba a
influir. Ya hace muchos años, al filo de la Segunda Guerra mundial, el
dramaturgo Bertold Brecht advertía de “el político aprovechador, embaucador y
corrompido, lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”. Y el presidente
norteamericano, en la campaña electoral de 1992 pronunciaba esa frase que se
hizo famosa: It´s the economy, stupid. Pero, no es tan sencillo, no es la
economía por sí sola. Tras la guerra mundial y la pujanza del comunismo de la
Unión Soviética, las democracias occidentales consideran con acierto que la mejor
manera de combatir esa amenaza era la creación del Estado del Bienestar. Eso ha
estado funcionando durante bastantes años. Pero no han gobernado sobre el capitalismo
y el mercado (que se ha demostrado que no se regula por el mismo) que ha ido haciéndose
cada vez más poderoso y perdido todo temor a la amenaza comunista tras la caída
del Telón de Acero. Al mismo tiempo los avances tecnológicos han experimentado
un gran auge y la mano de obra, los obreros, son cada vez menos necesarios, al mismo
tiempo que los empleados en el sector administrativo van desapareciendo por causa
de las computadoras y los sistemas informáticos. La inteligencia artificial y
la robótica serán las próximas amenazas para el empleo.
La disminución
del empleo acarrea la desaparición en la práctica de los contribuyentes y,
consecuentemente, la disminución de los presupuestos de los Estados que cada
vez tienen menos dinero para dedicar a políticas sociales, ya que también la globalización
de las empresas y la existencia de paraísos fiscales, al mismo tiempo que toman
fuerza las grandes corporaciones financieras, hacen que, a pesar del aumento
incesante de sus ganancias, sus impuestos disminuyan, se enmascaren o
desaparezcan no contribuyendo al sostenimiento de los países.
Por todo ello,
el número de empleos cada año disminuye en todo el mundo y, consecuentemente,
las cifras de personas en paro y de empleos precarios y mal retribuidos, se incrementa.
Algo que no parece tener remedio. Por ello cada vez, a pesar de sus
detractores, toma cuerpo la necesidad de crear la renta Básica Universal o
Ingreso Ciudadano. Un ingreso pagado por el Estado como derecho elemental de
todo ciudadano. Se eliminaría la pobreza, el trabajo ilegal y al mismo tiempo
se recuperaría el consumo por lo que ese ingreso facilitado por el Estado a
cada miembro de su país revertería en sus arcas (los impuestos indirectos crecerían).
Es una medida que cada vez va conquistando más adeptos (economistas, sociólogos,
intelectuales, políticos….) aunque las dificultades de ponerla en práctica obligaría
a consensos amplios entre las naciones y a un más efectivo control sobre las
grandes empresas, corporaciones y fondos financieros para que contribuyeran en
la debida medida respecto a sus ganancias.

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