Los que vivimos
parte de nuestra infancia y juventud en el franquismo, recordamos un
chiste muy recurrente sobre un discurso de Franco. El dictador salía
a dar sus filípicas desde el balcón del Palacio de Oriente ante una
turba enardecida de seguidores de su pensamiento único. El dictador
se dirigía ala gleba con su voz de castrati y soltaba aquello de
“Españoles, luego de tres años de guerra, diez de post guerra y
cuatro de sequía, hemos comprado un avión que no vuela. Pero
españoles no os preocupéis porque las gallinas también tienen alas
y no vuelan. ¡Españoles! ¿Quién come en España? (el pueblo a
coro gritaba casi al unísono) Franco, Franco, Franco”. Es un
chiste insulso, pero en aquel entonces buena parte del pueblo español
era tan sumiso, que ante cualquier proclamación surrealista y
descabellada de Franco, solía gritar el nombre de su amado líder,
sin importarle la chorrada que acababa de hacer. Franco entonces se
hacía llamar así mismo generalísimo, a pesar de comprar aviones
que no volaban.
Dicen algunos que en
España han cambiado mucho las cosas desde entonces, pero seguimos
llamando excelentísimos a unos ayuntamientos. Esa excelentísima
categoría estaría justificada si su gestión lo fuera, pero no. Es
sólo un homenaje al gran gallego que nos sodomizó a todos durante
casi cuarenta años. Para muestra un botón. El excelentísimo
Ayuntamiento de Avilés realizó recientemente unas obras en el
parque de las Meanas, una actuación muy controvertida por la tala
injustificada de unos árboles centenarios. Para justificar esta
falta de respeto al medio ambiente técnicos y políticos dieron todo
un espectáculo de descordinación y contradicciones, echándose unos
a otros la culpa, que si los árboles estaban enfermos, que no
estaban tan enfermos, que fue una decisión de los políticos. En fín
el daño ya hecho nos dicen que fue todo por el bien público, crear
un espacio de ocio para los niños y los jubilados.
El área de los
niños se amplió y se mejoró con un cierre perimetral, pero y el
área de los ciudadanos de tercera edad. Recordarán los habitantes
de la ciudad, que los anteriores espacios de petanca estaban debajo
de los plátanos de sombra, esos que tuvieron a bien cortar los
excelentísimos técnicos, con el beneplácito de los políticos
locales. Los jubilados habían dejado de jugar allí por dos razones,
una porque las ramas de los enormes árboles eran un peligro, como se
demostró hace unos años, con la caída de una rama que causo la
muerte a un ciudadano. La otra razón era porque el firme estaba
lleno de enormes guijarros y no era apropiado para esa práctica
deportiva. Pero ahora con la remodelación del parque, el
excelentísimo Ayuntamiento les construyó a la derecha de la entrada
del estacionamiento subterráneo, un nuevo espacio para jugar a la
petanca, solamente uno.
Podría pensarse que
un espacio nuevo y singular sería mejor que los anteriores, pero no,
en este caso. La tierra que usaron es demasiada suave y suelta. Los
profesionales de la petanca desde el primer día se dieron cuanta del
error del material usado, las bolas no rodaban por el suelo. Poco a
poco pasaron los días y los dueños de los perros sin civilizar,
pronto usaron aquel espacio de recreo de la tercera edad para hacer
las deposiciones escatológicas de sus mascotas. Y así quedó otra
vez el dinero público burlado en manos de técnicos y políticos, otro desaguisado construído con dinero público un excelentísimo cagadero para perros.


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